domingo, 24 de agosto de 2014

Las madres no son santas. Son humanas.

Garabato. 2014

Para N.T.
MI madre es una santa, lo escuchamos con frecuencia sobre todo en la generación de 40 años en adelante. Mi madre es simplemente humana, se oye poco. Humana, humano es aquel que tiene porciones de virtudes y defectos en mas o menos igual cantidad. Una mujer humana, es aquella que tiene la posibilidad de cometer errores, entre ellos, hacerle la vida imposible, abandonar a sus hijos o ayudarlos a ser adultos. La mujer es un ser humano, la maternidad no santifica, realmente humaniza.
En muchas culturas, santificar la figura de la madre es común. Decir que la madre es menos que santa, es casi un sacrilegio. Decir que nuestra madre tiene algún defecto es hablar mal de quien nos trajo al mundo y por consiguiente pecado. Es habitual tener graves problemas para colocar a la madre en la jerarquía de los humanos.
En terapia psicológica la cosa cambia. Es muy frecuente hacer el trabajo de humanizar a nuestros padres en la butaca de la psicóloga. Sin este trabajo psicológico, convertirnos en individuos adultos, separados, es casi  imposible. Hacernos adultos comportándonos como una copia de la madre o para complacer a la madre,  es cumplir años, pero no es crecer.
Muchas veces los comportamientos que hoy día nos traen situaciones variadas son, para bien o para mal, copiados de la madre. Pretender comportarse como nuestra madre nos enseño, 40 o 50 años después, es impracticable.
Para ser fiel a esta figura prominente en nuestra vida, es necesario trascenderla. Esto quiere decir aprender quiénes somos, vivir nuestra propia vida,  permitiendo que ella viva la suya. Algo así como cortarnos voluntariamente, el cordón umbilical. Esto contrario a lo que pensamos libera la relación y la convierte en una de adultos. Es muy habitual encontrar hijos e hijas apegados su madre actuando como niños de 40 años o mas, para no ofender a la figura que les trajo al mundo.
Desde la concepción hasta el nacimiento, continuando con la niñez, adolescencia y todo lo demás. Este personaje que es la madre de cada uno o una, nos acompaña literalmente toda la vida. El poder que tiene la presencia o la ausencia materna en un niño no puede ser medida. Es corriente encontrar en cada uno de nosotros estilos, voces internas, sentimientos aprendidos o asociados a nuestra madre o a su ausencia. Algunos de ellos con un gran valor, pues como ser humano muchas veces son extraordinarias y nos dejan exquisitos legados. Otras veces o en otros temas, atrasan o son atentados a nuestra valía personal.
Todos sabemos que la figura de la madre es muy critica del hijo o la hija. También conocemos cómo una sola crítica de la madre al vestido mas bello, lo pone en peligro de llegar a basura. Sin contar con la herida y el bajón emocional. Un juicio de la madre al gusto en novia pone en peligro una relación. Lo contrario también es cierto… ¿cuántas personas  se han casado con el hijo o hija de los sueños, de la madre?
Entender que el examen de lo que hemos aprendido de la figura materna, es vital para reclamar nuestra individualidad es central en terapia. Encontrar nuestra propia voz, nuestro propio hacer, los comportamientos propios es hacernos individuos. A ninguno se nos ocurriría comportarnos en esta época como cuando éramos niños. Sin trascender a la madre eso es exactamente lo que hacemos, en automático, sin darnos cuenta.
 Nadie en el mundo conoce tu tablero de botones para apretar el que te eleva o el que te tumba, como nuestra madre. Mucha de la formación que hemos recibido de ella,  hay que cambiarla, actualizarla. Hacerla nuestra con sus variantes personales, en comportamiento y en visión ese es nuestro trabajo evolutivo. Si todas las generaciones actuaran igual, no abría evolución o necesidad de estar en un mundo que se repite.
 Éste trabajo con la figura de la madre, es complejo en muchas culturas. En una latina como la nuestra,  es una proeza. Cualquier examen que emprendemos, siempre termina con…bueno ella hizo lo mejor que pudo.
Esta expresión es cierta muchas veces, pero no es cierta, todas las veces. Cada persona incluyendo  la madre comete errores pequeños, grandes y algunas veces catastróficos para el bienestar de otro. Considerando que ese otro sea un niño o niña indefenso, hay errores que marcan para toda la vida. Perpetuar en nuestro ser, un error de la madre, nos limita la vida que nos toca vivir.
La madre tiene la virtud de traernos al mundo y también la de marcarnos para toda la vida, para bien o para mal. Por ello para liberarnos de sus errores en nosotros es necesario, mirar de frente su humanidad. Santificarla nos evita crecer, evolucionar. A ella le evita ser parte del mundo de la mujer, un mundo complejo y cuyo disfrute solo puede entenderse desde la mas absoluta humanidad.


La autora es Psicóloga Clínica en practica privada.
(787) 753-2848—399-3114


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