martes, 17 de noviembre de 2015

Hasta el dolor, lo tenemos condicionado.

Duelo.2015.
Cada vida es valiosa, única, irrepetible. Toda vida es grande, inmensa, un milagro de la creación. Esto lo sabemos todos, muchas veces lo repetimos y tantas otras lo olvidamos. Sin embargo, cuando estamos condicionados, algunas vidas son grandes, otras pequeñas. Algunas son insignificantes e invisibles. Por esas no hay que llorar, ni guardar minutos de silencio.

Los que leemos los periódicos, los locales y los internacionales, conocemos de las grandes tragedias que se suceden a diario, en el mundo. Situaciones o problemas nuevos o de algunos que son  perpetuos. De todos nos podemos enterar, gracias a las nuevas maneras que tenemos de acezar la información.

Al tener la  información de una nueva tragedia o de las que suceden constantemente, nuestras respuestas son distantes . A algunas de estas respondemos de inmediato y en otras si las vemos en un periódico, hasta pasamos la página. Las desgracias repetidas estamos condicionados a pasarles por encima y en ese acto radica el peligro. El peligro de obviarlas porque: “eso ya lo leí” “soy muy sensible y no puedo verlo”, “porque no puedo hacer nada”, “o porque eso es cosa de las instituciones”.

En un mundo donde la información se sucede con una rapidez que a veces parece mas rápida que la noticia. Estamos condicionados a responder como animalitos en jaula, a lo que nos pongan por delante, que sea nuevo y se repita sin cesar. De eso viven los informativos, y  los medios de comunicación.

La otra noticia la que se repite en el tiempo, esa que nunca es nueva, porque es la misma del año pasado. Esa, estamos condicionados a olvidarla, “como si ya se hubiera resuelto, “esa es la noticia de ayer”, que aunque, trágica, es vieja.

Un ejemplo de ello es: La tragedia de darnos el lujo de perder, miles de niños y niñas a diario, en el mundo. Unicef brinda una cifra de 29,000 menores de 5 años, 21 por minuto. Cifra que detiene el corazón.  Es decir, mueren miles de niños y niñas, diariamente en el mundo por causas evitables, sin funerales de estado, sin tres días de luto, sin flores ni velas. Sin himnos y sin policías buscando, quién los mato. En menos de un minuto de nuestro tiempo, según hablamos, comemos, reímos, soñamos, mueren niños y niñas. ¿Cómo podríamos llamar a la civilización que permite, esta barbarie?

 Mueren… y gracias a que estamos condicionados a por quién sufrir, o cuándo,  mueren sin que nadie se pinte la cara por ellos, sin que las banderas ondeen a media asta. Solo mueren, la mayoría de desnutrición, de enfermedades que pueden curarse, mueren en guerras que hacemos los mayores. Simplemente , mueren y la mayoría de nosotros no lo piensa ni un segundo por día.

Existen momentos donde es imposible callar, muchos estamos dolidos y con el corazón en vilo, por las tragedias y  la barbarie. Eso es de personas sensibles, lo malo es que el dolor dura, lo que dura la noticia, como una moda muy corta. Los otros los que no están de moda, mueren de todas formas, haciéndonos cómplices porque no les prestamos atención. Ellos, ya no son noticia.

 Tendríamos que preguntarnos cómo es posible que el dolor lo condicionemos a lo inmediato. También habrá que preguntarse, si es una manera de prejuicio por quién nos permitimos llorar. Hace meses que miles de personas, hombres, mujeres y niños mueren en condiciones de tragedia griega en el mediterráneo. Ellos están buscando un lugar dónde vivir, huyendo de la barbarie. En éste  momento, hay miles de personas viviendo en campamentos improvisados y el invierno ha llegado.  Sin embargo, parece que el color de la piel como en el caso de los niños y niñas, la mayoría  de países africanos. O la nacionalidad de los refugiados o si tienes buena prensa, pesa, en cómo vamos a dolernos. En cómo vamos a ser solidarios y en cuántos minutos de silencio dedicaremos.

El siglo 21 esta aquí para quedarse, estos 15 años nos han traído tantos cambios que a veces abruman. Lo mejor está por venir, decimos muchos.  Tenemos la esperanza de que las profecías se cumplan.  Que lo mejor sea una nueva mirada, más consiente del mundo que nos rodea, de nuestras maneras de responder y de la participación que cada uno o una decida tener. Eso dicen, haría un nuevo mundo. Y…¿No es eso, lo que decimos que queremos?.


La autora es Psicóloga Clínica en práctica privada.
(797) 399-3114

tthaliacuadrado@gmail.com

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